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PJs de mi vida: Viktor Maxwell

  • Juego: Mago: La Ascensión.
  • Tradición: Hijos del Éter.
  • Edad: 30 años.
  • Nacionalidad: austríaca.
  • Concepto: científico y aristócrata.
  • Descripción: alto y de complexión delgada. Atractivo, de pelo corto y rubio, luce perilla y bigote cuidados al milímetro, ojos del color azul verdoso del mar. Va casi siempre vestido con trajes de tres piezas, impecables y caros. Suele llevar en la mano un bastón de madera negro y con pomo de plata. De modales elegantes, se mueve con cadencia y precisión. Trata a todo el mundo con una corrección inusitada y es raro que alce la voz. Es extremadamente inteligente, lo que a veces provoca que trate con educada suficiencia a los que él considera sus inferiores intelectuales.
Nota del cuervo del blogmaster: cuando uno piensa en los Hijos del Éter, inmediatamente le viene a la cabeza una extraña y desquiciante combinación entre el Doctor Frankenstein y el Doctor Horrible. Yo quería salirme de ese estereotipo, creando la versión contraria al típico Eterita: un ser sociable, carismático y el perfecto caballero, además de poseedor de las típicas virtudes de los Hijos del Éter (creatividad, inteligencia, intuición, ilusión, curiosidad y dedicación al trabajo). Si en algún momento alguien se atreviera a dirigirme una partida de Mago: La Acensión (Jezabel aparte), éste sería sin dudarlo mi personaje. Viktor empezó en realidad sus andaduras como mero Personaje No Jugador en la crónica de Demonio: La Caída que dirijo a Jez desde hace más de un año, en la que ella lleva a una Diablesa llamada Eli'yereda, la Duquesa de la Llama Ardiente, y que habita dentro del cuerpo de una marine estadounidense de nombre Megan O'Neil. Desde hace poco, y gracias a mi Oscura Jezabel, puedo vivir en la piel de Viktor Maxwell en una crónica que ella me dirige a mí solo.

Viktor Maxwell es varias personas en un mismo cuerpo.
Por un lado está el Barón de Fendelweig, un valle austríaco al pie de los Alpes. Es una persona puntillosa, orgullosa, elegante y social. Vive nadando literalmente en la abundancia, rodeado de comodidades casi excéntricas. Es inmensamente rico, no sólo por su enorme fortuna personal heredada de su familia, sino también por el no pequeño entramado de empresas aparentemente no relacionadas con él pero que le proporcionan ingentes beneficios. Es conocido por toda la nobleza europea por el hecho de celebrar fastuosas fiestas en su castillo, ser un perfecto y atento anfitrión y tener una soltura en los entramados nobiliarios fuera de lo común. No suele dejarse ver demasiado, pero aún así es raro que no aparezca su nombre o su foto en alguna revista de prensa rosa de vez en cuando. Antiguamente famoso por sus escarceos amorosos, murmurados sotto voce por doquier, parece que en los dos últimos años se ha moderado, no apareciendo en público con ninguna mujer del brazo.
Después está el Doctor Maxwell, catedrático de Física de Partículas en la Universidad de Viena. Esto puede parecer extraño, pero tiene su explicación. Su padre Hans Maxwell, de origen plebeyo pero poseedor de un carismático encanto, le enseñó desde pequeño que si había tenido la suerte de nacer rodeado de riqueza debía compensarlo a la comunidad no viviendo de su riqueza sino del sudor de su frente, incluso más que las clases bajas. Por tanto, el Doctor Maxwell es muy exigente con sus (muy escasos) alumnos, no perdiendo el tiempo con quien no entiende las complicadas ecuaciones multidimensionales de la rama de la física a la que se dedica profesionalmente. Es un auténtico tirano, en toda la extensión de la palabra, convencido de que el duro trabajo y la continua presión son el mejor método para "eliminar" a los ineptos y para espolear al físico de verdad. Si bien su asignatura es opcional en el último curso de la carrera, es normal que aproximadamente tres cuartos de su alumnado sean superficiales muchachas encandiladas por su aristocrático atractivo y su pose de profesor duro, que no esperan aprobar la asignatura sino que sólo quieren que él se fije en ellas. El resto son jóvenes de cualquier sexo con verdadera vocación por la física teórica. Actualmente tiene cuatro alumnos...
Y por último está Viktor Maxwell, de rango "Catedrático" dentro de la Tradición de los Hijos del Éter. Continuamente recomendado por sus superiores para un sillón en el Consejo de las Nueve Tradiciones como representante de su orden, pero que él siempre rechaza por no gustarle la política, prefiere dedicar su tiempo a desarrollar nuevas teorías tecnomágicas, la Verdadera Ciencia de los Eteritas, que posteriormente puedan incorporarse al acervo común de la humanidad para el beneficio y progresión social de ésta. Viktor siempre se deja guiar por la intuición y el deseo de proteger al ser humano de los nefastos peligros en los que se encuentra. Suele compaginar su tiempo "de laboratorio" con salidas "al campo" para exterminar las amenazas sobrenaturales, ya sean nefandos, vampiros, fomori u horrores todavía peores.

Estas tres personas no se aguantan entre ellas. El Aristócrata es un sibarita que busca la comodidad y la realización de todos sus deseos y caprichos. El Profesor es el exponente de la meticulosidad y de la dedicación, siempre preocupado por tener las mejores herramientas para cada momento. El Tecnomante es un idealista que cree que el único camino para la Ascensión de la Humanidad es inspirarles, mostrarles un ideal de "cualquier cosas es posible, el único límite es tu imaginación". De este modo, Viktor Maxwell nunca está satisfecho con sus logros, lo cual no es más que una muestra de la naturaleza de su Avatar, de marcada Esencia Dinámica. En realidad es un entusiasta que siempre está buscando la manera de abrir nuevas fronteras en cualquier aspecto de la vida.

Como PNJ entró en escena cuando Eli'yereda, protegida por el Padre Pablo (un miembro de la Tradición del Coro Celestial) era acosada en sueños por su anterior compañero celestial, el Corruptor Naiariel. Un día después de salir de su trabajo como camarera del único bar del pueblo, volviendo al monasterio extremeño donde se alojaba gracias a la caridad del Padre Pablo, se encontró con una explosión y una nube de humo. Preocupada por el sacerdote y por Tomás (un paleto de mentalidad simple y lenta, el sepulturero del pueblo, y que en realidad contenía la esencia del Verdugo Laiel, el Caído de las Últimas Cenizas), ella corrió hacia el interior del edificio. Se encontró con que Tomás ya estaba sacando el cuerpo exánime pero vivo del sacerdote. Toses de otras dos voces desconocidas provenían del interior de la habitación de Megan. Entre el humo encontró dos cuerpos parcialmente conscientes y a los que ayudó a salir.
Eran dos individuos tan diferentes como el contraste entre el día y la noche. Uno parecía el típico macarrilla de ciudad, con un acento madrileño muy marcado, vestido con una camiseta sucia y agujereada (de fumar porros...), pantalones a lo rapero, una gorra puesta de medio lado y unas playeras rotas. El otro era un atractivo hombre alto, elegantemente vestido con un traje de tres piezas (e inexplicablemente impoluto), muy correcto y que pronunciaba el castellano o el inglés con un fuerte acento alemán. Así aparecieron El Rayo y Viktor Maxwell, el primero un Adepto Virtual y el segundo un Hijo del Éter. Eran amigos personales del Padre Pablo (de hecho, el sacerdote había "rescatado" a Viktor de su espiral de autodestrucción moral en la que vivía como noble superficial), quien les había pedido ayuda para construir un artefacto (el sacerdote había decidio que las oraciones Coristas no podían ayudarle y debía acudir a "los inventos del Maligno") que protegiera la psique de Megan del asalto onírico del otro demonio.

Ambos magos, El Rayo y Viktor, quedaron encandilados en seguida por el encanto celestial de Eli'yereda, pues, aunque Megan no fuera particularmente atractiva, su esencia como Ángel de la Primera Casa radiaba en todas direcciones bondad, carisma y esperanza preternaturales. Como los intentos de ligoteo de El Rayo eran tan patéticos como adorables, en realidad Viktor tenía el campo libre para cortejarla. Le mostró Viena, la llevó a la Ópera, la llevó a cenar a los mejores restaurantes, recorrieron las maravillas del mundo moderno y el mundo natural. Siempre comportándose como un educado caballero cortejando a su dama. Megan sólo utilizaba a los hombres para satisfacer su libido momentánea y luego los descartaba, pero Eli'yereda, desconocedora de cualquier sentimiento humano, se veía atraída por el austríaco. Por su elegancia, por su curiosidad, por su inteligencia, por su carisma. Viktor Maxwell era lo que, en tiempos anteriores a la Historia, los Ángeles Rebeldes habían soñado para la Humanidad.

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PJs de mi vida: Adriano Corleone (IV)

Perdidos en los tiempos en que Carthago era grande. Allí se encontraban.
Era de noche y hacía frío.
Tiko miró a sus compañeros y, sin previo aviso salvo un par de lágrimas de sangre, echó a correr por el desierto. Nunca se supo más de ella.
El Barón y Adriano comenzaron a andar hacia donde el historiador suponía estaba la gran urbe mediterránea. Deprisa, pues el tiempo apremiaba y no querían que el sol les encontrase en el desierto sin ningún sitio bajo el que guarecerse.

Carthago era inmensa. Desde una cercana colina se observaban sus barrios, perfectamente delimitados, sobre los que señoreaba el lugar dedicado a los dioses. Frente al mar, su enorme puerto comercial estaba atestado y concurrido aún en aquella temprana hora pre-amanecer. Las galeras militares, que fondeaban en una sección propia y apartada del muelle civil, bogaban lentamente entre los navíos de los mercaderes.
Las entradas a la ciudad también estaban llenas de gente. Pasaron bajo una de las puertas, siendo absorbidos rápidamente por la muchedumbre. A pesar de que la indumentaria de los vampiros era extremadamente chocante para la época, nadie les dirigió más de una mirada, y si lo hacían era para bajar rápidamente los ojos y apartarse de su camino. Extraño comportamiento que más tarde entenderían.
A una indicación del florentino, ambos se dirigieron hacia los muelles. Sabía, aunque no estaba seguro de cómo, que allí encontrarían a Dhenabbi. Efectivamente, así fue. En uno de los puestos comerciales principales, el que sería Sire de Adriano organizaba a sus empleados. Los vampiros victorianos esperaron a que se encontrara solo y entonces se presentaron ante él.
La palabras que Adriano había encontrado para explicar su presencia se evaporaron cuando el fenicio le saludó por su nombre, algo molesto porque él estuviera allí. Dijo algo parecido a que ése no era el momento para encontrarse. Palabras enigmáticas pero llenas de significado cuando alguien de la Sangre de Brujah hablaba. Adriano le explicó, casi tartamudeando, la situación por la que pasaban el barón y él mismo. El fenicio descartó sus palabras. Era culpa del florentino haber llegado a parar a ese instante de la Historia y, cuando supiera cómo, sabría volver. Sin más, les indicó dónde se encontraba su residencia, les dijo que podían disponer de ella cuanto quisieran, y que en aquel momento estaba ocupado. Dándose la vuelta, prosiguió con sus numerosos quehaceres.
Por lo tanto, echaron a andar por las calles atestadas de gente, en dirección al barrio de los mercaderes, en donde Dhenabbi tenía su casa.
Entre todas aquellas personas, Adriano vio una que le llamó poderosamente la atención. Sintió casi como un tirón hacia ella. Vista desde atrás, era una joven de pelo negro y vestida con sencillez. Sin saber por qué, se acercó a ella. Cuando la miró a la cara, estuvo apunto de arrodillarse a sus pies.
Era Yzbel.
Ella se extrañó de tal comportamiento, así que Adriano le explicó quién era. Ella simplemente asintió y les indicó que les siguiera. Estaba a punto de amanecer, aunque la hija de Lasombra no parecía preocupada. En un aparte, Yzbel reconoció la espada que Adriano llevaba a la cintura y le explicó el funcionamiento de Los Hijos de los Dioses.
Al parecer, Carthago no era exactamente como el historiador creía. Sí, estaba gobenada por vampiros que se manifestaban públicamente ante los humanos. Pero en vez de concordia, lo que había era temor por los seres de la noche. Pues ellos regían sus vidas y sus muertes. Y cuando a un Hijo de los Dioses se le antojaba un humano particular, éste debía ir a él cual oveja al matadero. También le dijo que volverían a encontrarse, seductora, como siempre. Para desgracia de Adriano.

La espiral de degeneración de Adriano alcanzó su clímax en aquellos tiempos.
Sintiendo una poderosa atracción tanto hacia Yzbel como, inexplicablemente, hacia el templo de Melqart, el normalmente frío y contemplativo carácter del Hijo de Brujah comenzó a cambiar de modo espectacular. Empezó a verse más con la vampiresa. Ella le fue seduciendo poco a poco, fiel a su carácter, y Adriano, consciente de ello, se dejó hacer. No tenía más remedio.
Mientras el barón Robert de Lyonesse pasaba las noches en una fiesta sin fin llena de lujuria, gula, Sangre y sexo, Adriano comenzó a investigar el Templo. Azuzado por Yzbel, por supuesto. Y también comenzó a internarse en las oscuras aguas del pecado de la mano de su mentora. Ella, magistralmente, le fue llevando de la mano por cada uno de los Siete Pecados de Dios. Con cada ordalía, Adriano dejaba un poco más atrás las enseñanzas de su Sire. Cuando por fin pasó por la experiencia de la lujuria, dejándose hacer por la maestra Lasombra, ésta tuvo su corazón en la palma de la mano. Entonces ella le incitó a cometer el segundo más despreciable acto que jamás hiciese, sólo superado por el que poco después tendría lugar.
Yzbel, deseosa de obtener no sólo el corazón o el cuerpo de Adriano, quería también poseer su alma. Así que, bajo promesas de ser suya para siempre, le conminó al pecado. Le dijo que, para poder entregar su oscuro corazón al historiador, él debía volver el suyo aún más negro. Cuando la pasión embrujadora y los axiomas inculcados luchan, estos últimos siempre tienen las de perder.
Una noche, Adriano buscó a su maestro. Éste, a pesar de de todo, no esperaba tal desenlace. Sólo cuando las estrellas se realineron con brusquedad, comprendió. La Historia cambiaba, y cambió para Adriano cuando cometió el pecado de la Diablerie sobre su propio maestro, su Sire, el único por el que su alma aún no estaba del todo perdida. El que se lo había enseñado todo y por el que sentía un amor puro e incondicional.

La Hija de Lasombra rió. Ahora ya estaba preparado para el siguiente paso, le dijo. Debía entrar en el templo de Melqart y entregárselo. Pués aquél estaba allí, dormido, en Letargo, y ella deseaba su Sangre y su Poder. Pero para ello todavía faltaba algo. Debía seguir bajando en la espiral hasta encontrar una nueva guía. Para ello, nada mejor que conseguir entrar en el templo de Astarté y beber de aquello que no se debe beber.
Fue entonces cuando apareció Termócrates, el General Maldito de Apolo, aquél que consiguió contener a las tropas persas en la batalla de las Termópilas. Venía a ver a su antiguo amigo, Dhenabbi. Mediante engaños, Adriano le convenció de que, en cierto modo, él era ahora Dhenabbi. Con su ayuda, entró en el templo de la Diosa.
Allí encontró una estatua que representaba un ángel. Un ángel como lo representarían más tarde los cristianos. De sus ojos de piedra manaba sangre. Eso debía ser. De ahí debía beber. Se acercó a la estatua y, justo antes de llevar el líquido carmesí a su boca, una voz le previno desde atrás. "No lo hagas, papá", dijo la voz. Él se dio la vuelta. Y allí estaba: su hija adoptiva, Helena, ya adolescente, envuelta en un nimbo de luz. Boquiabierto, comprendió entonces que ella era una Despertada, una humana que podía ver más allá del Tapiz que envuelve la Realidad. Viajar entre las líneas temporales debía ser un juego para ella. "No lo hagas", repitió. "Ella no quiere tu bien, sino poseer tu alma".
"Ya la tiene", respondió Adriano. Y bebió.
En ese instante su alma se desgarró. Sintió la Bestia bullir en su interior, ansiosa por salir y manifestarse. El Abismo se abría a sus pies y él, que caminaba por el borde del precipicio se lanzó de motu propio a su oscura profundidad. Cuando emergió, le esperaba la siniestra luminosidad de Yzbel.
Nada más importaba, ahora que la tenía a ella. La tomó, feliz y desgraciado al tiempo, pues era totalmente consciente de su elección y de lo que ésta traía consigo.
"Ahora, me darás a Melqart".
Y él obedeció, internándose en las profundidades del Templo dedicado este Dios, cuya identidad todavía desconocía pero que ya empezaba a vislumbrar. Y aquello, pese a que le llenaba de repulsa, alimentaba el oscuro deseo que latía en su interior.
Con la ayuda del fiel Termócrates, se introduje en los pasadizos bajo el templo. Lucharon contra poderosos vampiros, salvaron intrincadas trampas, fueron heridos y mataron a su vez. Hasta llegar al lugar de descanso de Melqart.
Entonces lo supo. El conocimiento le llenó de terror y asco por sí mismo. Pero no importó. Adriano obedeció a la que era dueña de su alma, de su cuerpo y de su corazón. Le llevó el cuerpo en Letargo, y ni tan siquiera pestañeó cuando ella clavó sus blancos y delicados colmillos en la piel del Dios. Ni cuando su alma se rompió al finalizar el aborrecible acto que ella consumó.
Pues la Historia había vuelto a cambiar.
Brujah no había muerto por la mano de Troile.
Brujah había sido consumido por Yzbel, la Hija de Lasombra.
Y él, Adriano Corleone, había tenido la culpa.


Aquí termina la historia de Adriano Corleone. O, por lo menos, termina como PJ (sin contar una breve partida ambientada en la Sicilia Medieval que duró dos sesiones).
A partir de aquí sólo aparece como PNJ, normalmente como secundario al que puedan acudir los PJs en caso de necesidad. Es decir, como siempre pasa.
Apareció en Kosovo: La Partida, que ya os sonará de la entrada de Mashareessi. Allí era Adreas, un sabio erudito cuyo hogar se encontraba cerca de Toledo y que intentaba hallar, debido a la multiplicidad de líneas temporales, una Yzbel que no fuese malvada y a la que pudiera amar de una forma pura. Ardua tarea, desde luego. Al final los jugadores casi dependieron de él para todo. Era un tipo introvertido pero más o menos amable, y cuyo conocimiento del ocultismo les fue muy útil. Me fue muy gracioso porque, a pesar de la descripción tal cual era en la partida de Victoriana, de su nombre similar, de llevar una espada negra como la sombra al cinto, de utilizar poderes que eran claramente usos de Temporis (la disciplina de los Verdaderos Brujah), de estar obsesionado con una búsqueda enigmática... Jezabel no le reconoció hasta que no se lo dije expresamente.
También hizo sus pinitos (para mi horror, pues sabía la que se avecinaba con su aparición) recientemente en Medianoche: La Partida por Foro de Jez, que con gran pena fue finalmente cancelada. En un caserón más o menos anodino de Edimburgo, Adriano seguía con su imposible búsqueda. Y, como no podía ser de otra manera, lo hacía cerca de donde sabía que se hallaría prontamente Yzbel. Pues no podía evitar la necesidad de estar cerca de su oscuro y tormentoso objeto de deseo. Sí, Barbija. Allí era el "Señor Uridito", como le llamaba Nena con cariño. La inocencia de la pequeña y encantadora Gangrel le recordaba al torturado Vástago a su hija Helena. Y allí, pues, esperaba la aparición de la Dama Delirea, la Delirea-Sephira-Yzbel. Entended por qué temía su inclusión: sabía que aparecería Yzbel. Y me asustaba que ese momento llegara, a pesar de que tuve que ser buen jugador e ignorar su... letal peligrosidad.
Pero donde más ha aparecido, y en donde he podido darle el toque final que quise a su trágica historia, ha sido en la partida de Demonio: La Caída, que he dirigido a Jezabel en solitario (y que los habituales de su blog recordaréis de aquí). Necesitada de tropas, Megan O'Neil recibe la llamada de un Demonio de la Casa de la Naturaleza. A su vez, éste le pone en contacto con un grupo de seres sobrenaturales que vigilan que nada ni nadie se aproveche de la Humanidad. Gracias a él conoce a Adriano, quien viaja en compañía de Termócrates y de otro Vástago de la Sangre de Saulot. El Verdadero Brujah por fin ha abandonado su búsqueda. Pues la encontró. En un ramal secundario de las muchas líneas temporales existentes en el continuum, consiguió hallar una Yzbel pura y sin maldad. Por mero despecho, el propio Lasombra la mató delante de un horrorizado Adriano. En el momento de la partida, simplemente esperaba pagar sus pecados y después hacerse matar para acabar con el sufrimiento que padecía. Incluso la propia Jezabel me confesó: "Joder, pues sí que le destrocé... ¡Pobrecillo!". A pesar de la cruenta batalla por la salvación de la Humanidad, Adriano no consigue morir. Mientras escribo esta entrada, Megan O´Neil (Querubín de la Llama de la Esperanza hasta el final) intenta con todas sus fuerzas encontrar un final feliz para Adriano, ayudada por un Demonio de la Casa de la Muerte y el último Mago de los Ahl-i-Batin. ¿Lo conseguirán? Los dados hablarán cuando llegue la hora.

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PJs de mi vida: Adriano Corleone (III)

Después de aquello todo se desmadró. La perfecta y solitaria existencia de Adriano dejó de existir.
Él, confundido, le dio Sangre a su mujer, en un vano intento de sacarla del coma en que se encontraba. Como evidentemente eso no funcionó, ya que ella era mortal y no vampiresa, se la llevó a su hogar. Allí hizo que los mejores médicos la vieran. El veredicto fue unánime: ella no quería despertar.
Entonces al Brujah se le ocurrió algo. Ella como mortal estaba condenada y dormía sin morir. Por tanto, ¿no valdría más que estuviera Condenada pero despierta e inmortal? Debía Abrazarla. Tal vez fue un loco pensamiento o un acceso de molestos e improductivos sentimientos, pero el caso es que se las ingenió para encontrar a alguien que le apoyara cuando presentara su solicitud de crear un Chiquillo ante el Príncipe de Venecia. Recordó al caballero de la máscara blanca y negra del baile en el Elíseo. Él era a todas luces una persona influyente y noble. Tal vez pudiera convencerle, o incluso comprarle, para que le diera su apoyo.
Su nombre era William Donought, caballero Ventrue y Antiguo del Clan de los Sangre Azul. Obtuvo su apoyo y Anette despertó. Muerta y revivida. La Sangre de Brujah se extendió un paso más. Aquél fue un error por el que ella, su esposa, siempre le odió.
Pero obtuvo algo más. Algo por lo que en los largos siglos posteriores siempre se lamentaría a la vez que su alma muerta casi alcanzaba la sublimación. Conoció a Yzbell, también llamada Sephira, también llamada Delirea. Oculta siempre tras un negro velo, armoniosa su voz y de movimientos delicados. Bella como una víbora e igual de letal.

Mientras tanto, a Tiko Tomoe le llega un extraño colgante de esmeralda. Intrigada, le preguntó su opinión a Adriano. Él recordó que Yzbell, la Lasombra, poseía uno igual. Decidieron investigarlo. Tras algo de proceso detectivesco llegaron a la conclusión de que aquellos colgantes eran parte de un juego de cinco que, unidos, formaban una estrella. Y la estrella, en un principio, descansaba engastada en la estatua de la Virgen de la Iglesia de San Marcos. Una estatua que, bien visto, no representaba a la Virgen María, sino a algo más siniestro. En realidad era una representación de Lilith, la Madre Oscura, la Primera Mujer, creada como igual de Adán. Maldita por Dios. Ingobernable, altanera, hechicera, infernalista, semidiosa y libre.
Al ser la única con evidente conocimiento del Mundo Antiguo en la ciudad, Adriano resolvió preguntarle a Yzbell. Los modales de ella, aún perfectos, no encajaban en la época de la reina Victoria, pero sí se asemejaban a aquéllos que el erudito había visto en compañía de Dhenabbi, su maestro y Sire, en la lejana Tiro. Por tanto, acudió a casa de la Dama a inquirirle sobre estos misterios. Allí fue donde trabó conocimiento de las "lilianas", un grupo de mujeres, algunas vampiresas y otras no, herederas de la Madre Oscura que buscaban Su engrandecimiento y odiaban a los Hijos de Caín hasta la muerte.

Por aquellos momentos Bertuccio, el dandy Lasombra, tuvo la osadía de cometer la mayor estupidez del mundo: intentar robar, por sentirse ofendido, a Sir William. Mientras éste llevaba su mandoble a la espalda. El resultado fue evidente, y Bertuccio fue ajusticiado en el momento y su esencia acabó consumida.
Además, una noche apareció ante su puerta un misterioso caballero embozado en negro. Entregó un paquete a Adriano y se fue sin que éste atinara a moverse o responder. Dentro se encontraba algo maravilloso: una esfera dorada de múltiples y complejos mecanismos. Era el artefacto que su maestro, Dhenabbi, usaba para moverse entre líneas temporales. Una nota lo acompañaba: "Utilízalo bien. Dhenabbi".

Las visitas de Adriano a la dama Yzbell se hicieron cada vez más frecuentes. Ella, visiblemente divertida por la curiosidad del Brujah, comenzó a mostrarle las verdades de la Historia. Cómo su Padre, el mismo Brujah, había sido un hombre cruel y metódico en vida y cómo su condición de no-muerto no había sino hecho aumentar su carácter. Le confesó, con evidente desparpajo, que ella era la hija de Lucien, el mismo Padre Lasombra. Le contó sobre las verdaderas intenciones de los Ventrue y de cómo ella, en pago a no destruir a ese sucio y vergonzoso Clan de hipócritas, obtuvo la servidumbre de Sir William. A quien, por descontado, a ella le encantaba torturar moralmente. También obtuvo regalos: el escudo que Veddartha, el Padre Ventrue, llevaba cuando fue vencido por Ennoia, la Madre Gangrel, durante la Guerra de las Edades; o la Hoja Oscura, una espada hecha de sombras, que otorgaba portentosos dones a su esgrimidor. Poco podía imaginar que con estos presentes Adriano estaba vendiendo su alma.
Tan frecuentes eran las visitas que Adriano ya era conocido por los sirvientes de la casa de la Dama. Así, casi se le permitía entrar sin llamar. Debido a ello en una ocasión la vio con el rostro completamente descubierto. Efectivamente no había palabras para describir su etérea hermosura, sus perfectas facciones. Cayó irremediablemente y, desde aquel momento, su corazón seco y apático revivió en calurosas oleadas de amor por Yzbell.
Ésa fue su particular maldición, por la que siempre se odiaría a sí mismo y la odiaría a ella.

Entretanto, el caso del brazalete continuaba sin resolverse para insatisfacción del Príncipe. Ellos, el grupo de Adriano, todavía no se lo habían entregado. Por tanto, y deseando investigar más, ya que había una conexión evidente entre los colgantes de esmeralda y el brazalete robado, decidieron engañar al regente de la ciudad. Con la ayuda de Sir William, otra anotación más en su lista de favores que deberían ser retribuidos a su señora, obtuvieron un duplicado perfecto que consiguió engañar tanto a la Primogénita Malkavian como al Pavo Real.
Pero el misterio continuaba.
Descubrieron el paradero de los otros tres colgantes. Con artimañas e ingenio -como la brillante seducción de una de las portadoras por el Barón Robert, o la entrega de sangre de un Archimago al guardián de otro de los fragmentos-, así como una larga concatenación de más favores a la Dama, consiguieron hacerse con ellos. Ella, por supuesto, sólo sonreía enigmáticamente tras su velo.
Pero no pudieron continuar con el plan trazado para desenmascarar a las lilianas. Pues algo ocurrió que dio al traste con todo.

Era el cumpleaños de Tiko Tomoe, la Assamita japonesa. Ella le propuso un trato al Brujah. A cambio de una sustanciosa cantidad de dinero y de prestarle la casa para celebrar una fiesta con motivo de la ocasión, ella se pondría a su servicio y no le abandonaría jamás. Él, viendo que aquello era una oportunidad de oro, aceptó. Una guardaespaldas Assamita era un seguro para su no-vida y para la de su hija adoptiva y su mujer...
Así que se celebró el cumpleaños de la japonesa. Fue un acontecimiento fastuoso.
Hasta que Tiko, en una representación teatral escrita y protagonizada por ella misma, acusó a la dama Yzbell de pertenecer a las lilianas, de jugar con el corazón de Adriano y de engañarles a todos ellos. En medio de la acusación, ella, sin que nadie acertara a ver cómo, prendió fuego a la casa, convencida en matar a la vampiresa que era, además su rival por el Brujah. Pues sí, la japonesa se había enamorado de Adriano y sufría al verlo bailar al son de la Lasombra.
Adriano, como respuesta ante la amenaza que Tiko representaba para su amada Yzbell, entró en frenesí. Se lanzó a interponerse entre las dos vampiresas, parando con la Espada Negra la certera estocada que se dirigía al corazón de la Dama. No hizo falta.
La Dama, riendo, apartó a su "campeón" y detuvo con sus delicadas manos la hoja de la Assamita a la vez que multitud de sombras ahogaban y extinguían las llamas. De un rápido golpe doblegó a su atacante y, en vez de matarla, la propuso un trato. Que redundaría en su beneficio, claro: Adriano rescindiría el contrato con la japonesa y ésta entraría al servicio de la Lasombra. Con la vida y la salvaguarda del erudito como pago. Así, explicaba ella con su sonrisa lobuna, Tiko conseguiría lo que deseaba, que era consagrar su existencia a protreger a Adriano.

Y fue en ese momento cuando, caprichos del Destino, de la cartera que el Brujah siempre llevaba al hombro se cayó la esfera de Dhenabbi con un tintineo metálico. Robert de Lyonesse, Tiko Tomoe y Adriano vieron cómo el escenario a su alrededor cambiaba para pasar de ser el lujoso salón de una mansión veneciana a las interminables arenas del desierto tunecino.

Gracias al poder de su Sangre, Adriano Corleone supo algo más: la fecha en que se encontraban rondaba el 800 a.C.

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PJs de mi vida: Adriano Corleone (II)

Dentro del Mar de Sombras, tierra Lasombra, estaba Venecia.
Corría el año 1820.
Esta ciudad era casi un refugio franco para cualquier Vástago de cualquier alineación o Clan. La algarabía de la ciudad, de los canales, de las calles, de las plazas, atraía a todo tipo de vampiros. Un monumental terreno de siembra para conspiraciones, politiqueos y traiciones.
Un lugar muy extraño para que un Vástago del tipo de Adriano Corleone estableciera su residencia. Pero es que también era una ciudad con historia, con cultura. La biblioteca y la Universidad eran famosas en todo el Mediterráneo (de hecho, Adriano se había casado con Anette Bruigli, la hija del Rector de la Universidad, tanto por servir de fachada como por su influencia sobre el padre). Y, por si fuera poco, aquella urbe tenía fama de tolerante. Tolerante dentro de las normas de la Estirpe, por supuesto. La palabra del Príncipe Alessandro Rinaldi, llamado el Pavo Real, seguía siendo ley, y su transgresión siempre daba lugar a una represalia rápida y brutal. Casi siempre de manos del propio Príncipe.

Adriano solía pasar de vez en cuando por el Elíseo. En una ciudad tan dada a los líos políticos había que hacer acto de presencia, aunque fuera de tarde en tarde. Pues los rumores corrían como la pólvora, y más de un Vástago introvertido y asocial había acabado bajo los colmillos de las víboras. Las noches en el Elíseo de la ciudad eran noches de grandes bailes, fiestas fastuosas y caldo de veneno. Había que asistir. Adriano, haciéndose pasar en la ciudad por un celote de la Línea de Troile, los mal llamados Brujah, casi nunca tenía problemas. La Primogénita de los "Brujah", una dama rotunda y susceptible de nombre Izaskun Gorritzo, cuidaba muy bien de sus subordinados, incluso de aquéllos que preferían los libros polvorientos a los salones de baile.
Una noche decidió asistir a las celebraciones de Carnaval en el Elíseo. Podía haber sido cualquier otro día, pero prefirió acudir en un momento de máxima afluencia en el que con un poco de suerte no sería molestado y en el que podría ser visto entre la crème de la crème de Venecia.
Llegó vestido de blanco, con un máscara blanca y totalmente desprovista de adornos. Él era un Brujah, desdendiente de Anis y de la verdadera tradición del Clan, y la ostentación no iba con él. Entre la gente, bailando en el Gran Salón que era lo primero que el visitante veía del interior de edificio, multitud de parejas giraban y giraban. Una le llamó la atención. Una de la que nunca se olvidaría y que más tarde haría tambalear todo su sistema de creencias y valores. Casi era imposible no verles: él con armadura medieval y una máscara la mitad negra y la mitad blanca; ella con un vestido hecho completamente de sinuosas sombras y la cara oculta tras una elaborada máscara completamente negra. Él tenía el porte regio y ella... ella, aún con el rostro velado, asemejaba a la diosa Afrodita. Sus movimientos eran pura poesía. Él se quedó embobado, quieto entre el gentío, mirándola. Pasados unos minutos, tal vez horas, una mano le golpeó la espalda, sacándole de su estupefacción.
Era su Primogénita, que tenía un encargo para él. Con la dama Gorritzo no valían excusas, y él lo sabía. Asintió y la siguió. Ella le explicó que el Príncipe, por mediación de la Primogénita Malkavian, buscaba un grupo de Vástagos para recuperar cierto objeto. Parecía que la investigación académica iba a necesitarse, así que la Primogénita "Brujah" ofreció como voluntario a Adriano . Él, tragándose la fría ira que le embargaba cuando trataba con algún hijo de Troile, aceptó inmediatamente y con una reverencia que la vampiresa acogió con una carcajada.

Así se unió a un grupo variopinto para una misión extraña. Componían el grupo un dandy Lasombra (Luigi Bertuccio), una Toreador remilgada y estúpida (Mélusine de Lusignan), un Toreador remilgado y vanidoso (Robert de Lyonesse), una japonesa de la Sangre de Hakim (Tiko Tomoe) y él, Adriano. La misión: recuperar un brazalete. Fue muy sencillo, ya que el objeto estaba en la gabardina de Bertuccio, el Lasombra, aunque él no lo había robado. Pero no se pudo cantar victoria tan pronto, ya que estando en casa de éste, el brazalete se cayó y se rompió, liberando una esfera de metal que echó a rodar con un rumbo determinado. El grupo la siguió hasta el cementerio, donde se detuvo frente a la puerta de un mausoleo muy antiguo. Tan antiguo que no quedaba ni rastro del nombre de la familia que ordenó su construcción. Adriano propuso investigar el edificio antes de devolver el objeto robado, así que volvieron a la ciudad, a consultar los registros para ver si conseguían alguna pista.

Durante la investigación, marchando de un lado a otro de la ciudad, Adriano cazó y se bebió al marido mortal de la Toreador (ella nunca llegó a saberlo), pero por desgracia fue visto por una Garou de la Tribu de los Roehuesos. Parecía que el mortal era parentela suya. Como consecuencia de este desliz y para salvar su cuello de la ira de la mujer lobo, la cambiaformas le hizo adoptar una niña de pocos meses de edad. La llamó Helena, y sería fuente de numerosos quebraderos de cabeza ya que él, un vampiro, no tenía ni idea de cómo criar y cuidar a un bebé mortal. Por si fuera poco, además la niña era una Despertada. Y muy precoz: cuando no cambiaba el color de las paredes de la casa de Adriano, invocaba una legión de patitos cuando había visitas. Pero ésa es otra historia que se encadenará con ésta en otro momento. Mientras tanto, la relación con su esposa Anette se iba deteriorando. Él era frío y distante y la muchacha, pues apenas tenía diecisiete años, no recibía la atención que debiera recibir una esposa. La llegada de Helena cambió algo esa situación, ya que ahora la joven Anette tenía algo que la distrajese de los desplantes de su marido.

Tras descubrir algunos indicios muy interesantes de la utilidad real del mausoleo, el grupo volvió al cementerio. La esfera, por supuesto, seguía allí. Entraron y, tras acabar con una serie de guardianes y desentrañar una serie de acertijos, Adriano y su grupo se adentraron en las profundidades de la tierra. El mausoleo era enorme por dentro, y en sus entrañas encontraron una sala de piedra con un círculo con un pentáculo tallado en el suelo. A su alrededor, numerosas urnas de cristal. Al fondo había una puerta de piedra, que se abrió justo en ese momento. Entraron varias figuras envueltas en túnicas transportando un cuerpo inconsciente. Los Vástagos fueron atrapados tras una breve lucha y encerrados en las urnas. Las figuras comenzaron un ritual de invocación demoníaca, con el cuerpo inconsciente en el centro del círculo, pero dispuesto de tal manera que los Vástagos atrapados no veían de quién se trataba. El círculo se encendió con una llamarada al comenzar los cánticos de los invocantes, y de entre el fuego apareció una figura demoníaca que comenzó a reírse nada más formarse. La razón de su júbilo era que los invocantes habían cometido un error al preparar el ritual y no se habían percatado de ello. El demonio quedó libre y acabó con todos ellos, uno por uno, entre horribles gritos. Al terminar la sanguinaria demostración de horror, el ser volvió al círculo, que en ningún momento se había apagado, y regresó a su dimensión.
El cuerpo, que debía servir de ofrenda, continuaba en el suelo.
Los Vástagos quedaron libres al momento, y Adriano se acercó a la figura yaciente. Estaba envuelta en multitud de telas y parecía en coma. Apartó los velos y lo que vio le dejó de piedra.
Era su esposa, Anette.

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PJs de mi vida: Adriano Corleone (I)

  • Juego: Vampiro: Edad Victoriana.
  • Clan: Verdadero Brujah.
  • Edad real: 132 años.
  • Edad aparente: 25 años.
  • Nacionalidad: italiana.
  • Concepto: catedrático y erudito.
  • Descripción: 1'75 m de altura, delgado, cabello negro y corto, piel olivácea y ojos negros y surcados por un profundo dolor. Tremendamente atractivo, de facciones marcadas y semblante aristocrático. Su voz es grave y pausada, como si meditase las palabras antes de pronunciarlas. Suele vestir de riguroso traje, colores oscuros o negros, sin adornos, aunque eso depende de la época en la que se encuentre. Poco dado a la vida social, introvertido y retraído. Lo más normal es encontrarle con el rostro sobre un libro a la luz de las velas.
Nota del cuervo del blogmaster: éste es sin duda alguna mi personaje favorito. Él y yo hemos pasado mucho juntos. Su existencia ha estado marcada por el dolor de un amor imposible y no correspondido, una responsabilidad no escogida y una traición obligada. Ha sido vapuleado, retorcido, torturado, perseguido. Ha vivido muchas épocas diferentes, siempre en busca de su terrible amor. También tiene el grandioso honor de haber sido el personaje que más veces ha aparecido como PNJ, en multitud de partidas y con diferentes DJs, en unas ocasiones como complemento de una trama y en otras como trama principal.
Queredle, pues está muy necesitado de cariño. Aunque no le servirá de nada, pues su vacío sólo lo puede llenar una persona.


Granos de Arena deslizándose inclementes segundo a segundo.
...la Mano del Todopoderoso lanza sus Dados y...
Entonces la Vida se transforma en Vida.
Caudal de Agua fluyendo lenta e implacablemente día tras día.
...el Destino que fue escrito rueda hacia su cumplimiento pero...
Entonces la Vida se transforma en Muerte.
Renuevos de Árboles brotando del suelo incansables un año y otro año.
...los Dados se acercan al borde donde reina el Abismo del Tiempo y...
Entonces la Muerte se transforma en Muerte.
Estirpe de Astros bailando según leyes impensables era tras era.
...el Azar toma el relevo del Destino de tal manera que...
Entonces la Muerte se transforma en Vida.
Derrota de Anteo ante un Hércules inmutable en un efímero momento.
...la Creación oscila titubeante sobre una Balanza Rota, cae y...
La Vida desaparece.
Guardianes del Crepúsculo imperturbables en una perenne eternidad.
...el Destino marcado por los Dados se cumple pese a que...
La Muerte predomina.

En la Florencia de finales del siglo XVIII nació un niño en el seno de una familia de mercaderes, la respetable familia Corleone. Desde que tuvo consciencia del mundo fue una desilusión para sus padres y sus socios comerciales. Prefería pasar el día en la biblioteca de su padre a asistir a las cenas, bailes y celebraciones de la gente de noble cuna. Por tanto, viendo que este pequeño hijo no seguiría el camino tradicional de su familia pero aún así podía ser muy buen partido, recibió la mejor educación que el dinero podía permitir. Esa educación destinada a los nobles pero que un bolsillo grande podía comprar.
Fue un genio ya desde pequeño. Cursó las carreras de Filosofía, de Historia y de Lenguas Clásicas y las completó antes de cumplir los veinte. Para alivio de sus profesores -que lo veían como un posible competidor-, decidió no quedarse en la Universidad de Florencia. En cambio, continuó su vida de biblioteca en biblioteca, siempre ávido de conocimientos.
Pero la mayor ironía de todas era que él, un consumado investigador de las arenas de la Historia, podía leer en las arenas del Tiempo. Tenía el don del Oráculo. Y, pese a todo, no supo prever su destino.
Y es más: no lo recordaba pese a su indeleble memoria . Aún así, sabe lo que pasó. Estuvo allí. Dos veces.

Acababa de anochecer y él acercaba su rostro a un libro, entrecerrando los ojos para poder leer las palabras escritas, en la biblioteca de la casa de sus padres. Llevaba varias horas y no se había dado cuenta de que la luz del sol moría. Sin velas, sin luz, intentaba descifrar las letras manuscritas por algún célebre escritor de su tiempo. Sus padres habían desistido de enviar algún criado para que bajara a recibir a las visitas de aquella tarde. Mejor, así no le molestarían. Tan ensimismado estaba en su lectura que no oyó los gritos, los cristales rotos, las vigas desplomándose. Sólo cuando el crepitar del fuego llegó a su habitación y comenzó a consumir los cientos de libros de la estancia se dio cuenta de que podía leer sin forzar la vista. Cuando el calor de las llamas lamió su piel y la sala se llenó de humo se dio cuenta de que iba a morir. Empezó a toser de asfixia, se cuerpo se dejó caer al suelo, semiinconsciente. Sí. Iba a morir.
Entonces todo se detuvo. El baile del fuego, el sonido del papel consumiéndose, los gemidos que venían de abajo, el estallido de los cristales... todo. Todo salvo Adriano. Él todavía podía moverse, aunque no era del todo consciente de lo que ocurría.
Y allí estaba el hombre. Momentos antes sólo se encontraba Adriano, pero cuando el mundo se detuvo eran dos los ocupantes de la habitación. Era un hombre de tez morena casi dorada, ojos del color verde pálido del berilo, largo pelo negro recogido en una complicada trenza y nariz aguileña que se encontraba de pie con los brazos cruzados entre dos estanterías a medio consumir. Era bastante bajito, no más de 1'50 m, de complexión delgada pero fibroso, y vestía una túnica de blanco impoluto. Se encaminó hacia el caído, y se arrodilló ante él. Le tomó el pulso, sonrió y levantó al muchacho, quien sólo atinó a emitir un gemido ahogado. De pie, con el yaciente en brazos, cerró sus ojos de color aguamarina. Entonces todo comenzó a moverse de nuevo. Pero en sentido contrario. El fuego huía de las páginas de los libros, las ventanas se recomponían y el humo se retiraba hacia una puerta que se reconstruía a partir de sus maderas ardientes. Sin perder la sonrisa, el hombre depositó al desfallecido sobre la silla que ocupara antes del incendio.
Tras recuperar la consciencia dirigió una mirada de total entendimiento al hombre. Miró hacia el reloj de pared para cerciorarse y asintió: dos horas después el joven estaría en el suelo, muriendo de asfixia. El hombre le dijo que es ágil de mente, sabía que ha consagrado su vida a la búsqueda del conocimiento total, y que el tiempo que se le había concedido no era suficiente para tan ingente tarea. El muchacho asintió por segunda vez y le contestó que así era la vida. El hombre ensanchó su sonrisa, mostrando unos dientes blanquísimos y de colmillos ligeramente puntiagudos, y le respondió diciendo que tenía razón. Que esa vida tenía unas normas muy rígidas para con el tiempo. Pero que él le podía ofrecer otra. El joven volvió a asentir, en un ademán lleno de sencillez.
Inmediatamente el hombre acercó los labios al cuello del joven, muestró sus colmillos y le otorgó el Beso, un Beso que terminó en Abrazo cuando, al expirar por última vez con una convulsión agónica, el joven recibió del hombre la Sangre Maldita. El hombre se retiró, se subió una manga de su traje y le ofreció la muñeca desnuda. El joven renacido bebió ávidamente. Tras eso, el hombre separó la muñeca de la boca de Adriano, acercó su cara a él y le susurró "Ven conmigo". El joven asintió una última vez, se levantó y salió de la habitación tras el misterioso hombre.
Instantes después Adriano y su Sire, Dhenabbi de Tiro, aparecieron tras una columna. El Sire, el Maestro, le miró con intensidad y le susurró: "Ahora ya no olvidarás".

Conoció a su Sire con el nombre de Luca Felinni, un afamado historiador en aquellos tiempos. Pero no era exactamente un historiador. No releía los viejos escritos intentando descrifrar los sucesos reales acaecidos en tiempos remotos. Él no hacía eso. Él vivía la historia y la registraba. Era un cronista. Y Adriano tuvo el privilegio de acompañarle en multitud de hechos clave de la Historia. Pues Luca Felinni, o Dhenabbi, manejaba las corrientes del Tiempo y era capaz de viajar de una época a otra gracias a un artilugio antiquísimo. De su mano, Adriano vivió la auténtica Historia y fue aleccionado en su cometido: investigar, descubrir los hechos. Y continuar la obra de su Sire cuando éste ya no estuviera.
También le aleccionó en la venganza. Pues todo Verdadero Brujah recuerda la Traición de Troile y la diabolización de su Sire, Brujah. La venganza y la paciencia, porque aquélla era una guerra encubierta que duraba milenios y que tal vez durara varios siglos más.

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PJs de mi vida: Mashareessi

  • Juego: "Crossover" entre Vampiro: Edad Oscura, Hombre Lobo: Edad Oscura, Cambiaformas: Bastet y Cambiaformas: Corax.
  • Tribu: Bagheera.
  • Edad: 30 años.
  • Nacionalidad: india.
  • Concepto: mercader de la Ruta de la Seda.
  • Descripción: 1'70 m de altura. Complexión delgada pero fibrosa. Piel color canela, de ojos y cabello negros. Su rostro es ovalado, casi femenino, con labios muy expresivos. Muy agraciado y elegante, sus movimientos son siempre fluidos y precisos. Su voz es, asímismo, un instrumento suave y delicado. No suele hablar mucho, salvo cuando está representando su papel de mercader, pero cuando lo hace las personas cercanas sienten la necesidad de escucharle. Viste a la manerá hindú, con ricas vestiduras de telas exquisitas, y no porta armas visibles, salvo un kukri bellamente trabajado atado a un fajín de seda en la espalda.
La India siempre ha sido un lugar misterioso. En el siglo XI esto es más cierto aún, pues las únicas noticias que llegan a Europa de este fabuloso país vienen a través de los mercaderes y las historias traídas por los árabes. Mientras el Viejo Continente estaba inmerso en el oscurantismo, en Oriente la civilización estaba en su momento más esplendoroso.
Aunque, desde luego, la Oscuridad no conoce de fronteras o lejanías. Y los hijos de Gaia y Selene, criaturas todas de Kaos, deben combatir a Wyrm y sus manifestaciones allá donde se hallen.
Es la tierra de los nobles Khan, los justos Bagheera y los vigilantes Nagah.

Masha era un joven indio, hijo de padre mercader, con una familia, además, bastante acomodada. El padre llevaba un boyante negocio de exportaciones a través de la Ruta de la Seda hasta la inculta Europa. Tejidos, especias, orfebrerías... todo artículo caro y bello entraba dentro de su negocio. El joven Mashareessi creció, pues, sin que nunca le faltara de nada. Una casa enorme, decenas de sirvientes, unos padres amorosos... y una compañera de juegos: Shila.
Shila había estado junto a la familia desde antes de que Masha naciera. Esquiva, silenciosa, elegante, diestra, mortal. Su comportamiento era arisco con todos salvo con el joven, hecho comprobado una y otra vez por los sirvientes que no se apartaban a tiempo de su alcance. Era su amiga, cariñosa y leal. Mientras todos huían de ella en cuanto doblaba una esquina de la enorme casa, Masha corría hacia Shila. ¿Por qué este temor? Porque las garras de Shila eran un argumento muy terminante, y sus colmillos, mostrados generosamente en cada bostezo indolente, hacían perder el valor al más pintado.
Shila era una pantera, la sombra acechante de la noche. El silencioso terror de la jungla.

Toda los miembros de sangre de la familia eran parentela Bastet. Los Bagheera, los hombres pantera de la lejana india, protegían celosamente a los suyos, ya fueran félidos u homínidos, siempre en la distancia y siempre en las sombras. Pero con Mashareessi era diferente, aunque eso no lo descubriría hasta bien entrado en la pubertad.

Una tarde, volviendo a la mansión de su familia después de haber hecho un recado en la ciudad, siempre acompañado por la vigilante pantera, ésta se detuvo de pronto. Masha, que hasta entonces iba riéndose, se puso serio ante el gruñido bajo y gutural del animal. Entonces empezó a correr.
Cuando llegó a el lugar don de se levantaba su casa sólo vio desolación. Cadáveres parcialmente quemados, las paredes derrumbadas... Todo parecía haber ocurido muy rápido. Su ira y su rabia crecieron en él de manera desmesurada. Entonces cambió. Su estatura se duplicó en pocos segundos, sus músculos se hincharon, su piel se cubrió de negro pelaje y una larga y fina cola negra le apareció al final de la espalda. Su rugido quebró algún vidrio cercano y sus zarpas hendieron el aire.
Entonces oyó que alguien le hablaba. Shila, a su lado, maullaba y gruñía de manera comprensible. Le dijo que habían sido los servidores de Kali, la Destructora del Mundo. Era su deber vengar a la parentela, destruyendo al causante de su desgracia. Pero que, para ello, primero necesitaba saber. Necesitaba comprender el mundo, sus habitantes y su propósito.

Cinco años tuvieron que pasar hasta que estuvo preparado. Cinco años en la jungla junto a Shila. Aprendió a cambiar, a comunicarse con los espirtus ancestrales, a rendir culto a Gaia y a Selene. Descubrió que poseía poderes inimaginables poco tiempo atrás, como ser capaz de escalar en roca desnuda, caminar por una delgada liana o seducir con una simple sonrisa.
Y una vez preparado, decidió hacer justicia. Llegó hasta Pankok, ciudad terrible bajo el puño de un malvado vampiro. Fue difícil colarse dentro del Palacio, pero lo hizo. Sigiloso, diestro, astuto. Se enfrentó al hijo de Wyrm, un Seguidor de Set que era la encarnación absoluta de la perversión y la corrupción. Y le venció en una encarnizada batalla, una gesta que los espíritus llevaron hasta los Ancianos Bagheera, y que le valió al joven Masha la promoción de Rango.

Pero Mashareessi no satisfizo su ansia. Su familia directa y su parentela habían sido asesinadas. Nada le retenía en la India. Así que, aprovechando el negocio de su difunto padre, decidió partir hacia Europa, un lugar dominado por los vampiros. Allí Wyrm campaba a sus anchas y, aunque los Garou, odiados por cualquier Bastet desde el Impergium, hacían lo que podían en la lucha contra él, la pobre humanidad, objeto de protección de Gaia y Selene, sufría en demasía.

Llegó a Hungaria, país del este de Europa, a través de la Ruta de la Seda. Pues se llevó un carromato lleno a rebosar de ricas mercancías, y lo hizo tanto como disfraz como el ser un modo de vida. Allí se unió a un variopinto grupo que luchaba contra los Reyes Vampiros de la zona, los temibles Tzimisce. Formaban el grupo dos Garou, una Vampiresa y una Corax. Su encuentro fue bastante extraño, y Masha nunca acabó de encajar entre ellos. Una de los Garou era una Furia Negra a la que le caía mal el Bagheera por dos razones: ser un hombre y ser un hombre gato. El otro Garou era un Caminante Silencioso hosco y taciturno, casi lacónico, que contrastaba demasiado con el modo de ser extrovertido de Mashareessi. La Vampiresa era una Gangrel, casualmente familiar de la Garou, cuya condición de no-muerta lastraba el progreso del grupo. Y la Corax... era una esquizofrénica paranoide que nunca se callaba, y todo Bastet que se precie valora el silencio, aun siendo criaturas sociales.

La partida duró poco, apenas tres o cuatro sesiones, pues el Máster sufrió... una repentina intoxicación de horchata en mal estado. Una pena, pues el PJ podía dar mucho de sí. Era algo insólito, peculiar, con una profundidad muy grande y que jamás pudo desarrollarse plenamente.
Como PNJ tuvo una brevísima aparición, brevísima porque la partida acabó poco después por razones... personales, en la partida que dirigí el curso pasado, llamada "Kosovo". (crossover de Vampiro: Edad Oscura, Hombre Lobo: Edad Oscura, Cambiaformas: Bastet y Demonio: La Caída). Allí se unió brevemente a otra Bagheera de origen árabe y aprendiz de alquimista, un Gangrel campesino más tosco que un palo, una noble Tzimisce en misión de venganza, un Ventrue caballero templario y un Brujah bastante Antiguo que servía a la Tzimisce. Allí Mashareessi era mercader camino a Toledo en la Iberia del siglo XI, y tras una breve presentación bastante cómica en la que el Ventrue apuñaló "sin querer" al Bagheera tras "salvarle" de unos bandidos (y cuyos resultados fueron: las preciosas vestiduras de Masha acabaron manchadas de sangre y además se indignó bastante ante la zafiedad, el lenguaje y el mal vestir del Ventrue), se encaminó con ellos para... guiarles por el camino de correcto.

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PJs de mi vida: Slav von Strangerssen (II)

A Slav todo eso no le importó... demasiado. Cuando despertó en su nueva condición de no-muerto, su mente, su cuerpo, había cambiado a una existencia de obediencia. Pasaron varios años en los que su "vida" existía sólo para obedecer a su Sire, Wilhelm Heimer, Regente del Tercer Círculo de la Capilla de la Casa y Clan Tremere en Bonn. Escalaba en la Pirámide Tremere, la jerarquía monolítica del Clan, con sorprendente velocidad. Varios Neonatos le envidiaban, e incluso hubo un par de duelos de magia. Los resultados le aseguraron que nadie le volvería a retar. Las cenizas de sus oponentes se convirtieron en otro ingrediente más que utilizar en sus muchas y fructíferas investigaciones.
A Slav su vida anterior no le importaba demasiado... salvo por el insistente recuerdo de su amada Anne. Cuando alcanzó el Sexto Círculo de Aprendiz, algo muy notable para un Neonato Tremere, llegó para él la oportunidad que necesitaba para... para recordar el rostro de Anne. Un Aprendiz del Sexto Círculo todavía está atado a su Sire, pero se le permite cierto grado de independencia. Una noche intentó volver a verla.

Lo que pasó esa noche es otro de los secretos que carcomían al joven vampiro y que le alejaban de la conciencia humana que todavía le pudiera quedar. Rompió una de las más sagrdas tradiciones de la Mascarada: revelarse ante un mortal. No importaba que ese mortal no pudiera después contar lo ocurrido. El Clan Tremere es muy estricto. Tal vez el más estricto de los siete que forman la Camarilla. Era difícil que se descubriera, pues no había pruebas materiales, pero los Ancianos del Clan pueden leer la mente...
Era de noche. Slav por fin se había atrevido a volver a ver a Anne. Sabía, por anteriores investigaciones, que Anne no le había olvidado. Lo había intentado, pero no lo había conseguido. Él quería tranquilizarla. Que todavía existía, aunque en otro estado. Incluso era probable, pues ella era inteligente y creativa, que se le diese el permiso para Abrazarla...
Llegó a su casa. Sus sentidos mejorados y su habilidad para percibir a otros seres y preguntarle a los objetos le fueron de mucha utilidad. Le dijeron que en el pequeño piso en el que Anne vivía había otras dos personas. Eso le intrigó más que alarmarle. Todavía conservaba las llaves del portal, así que entrar en el edificio no fue problema. Subió despacio las escaleras. Sus sentidos fijos en esas extrañas presencias. Pues eran extrañas. Sabía que Anne, en ocasiones desde que Slav desapareciera, había... tenido amantes. Pero no percibía lujuria. Percibía deseo, sí, pero no como debería ser...
Llegó hasta el descansillo del piso de Anne. Empezó a distinguir detalles, detalles desconcertantes más aún. Las presencias tenían una tonalidad rojiza, pero pálida y trémula. ¿¡Vampiros...!?
Sus procesos mentales se quebraron con el grito femenino que traspasó puerta de la casa. Era un grito no de dolor, sino de horror.
Con sus capacidades potenciadas por la Sangre que bullía en su cuerpo muerto, con un grito de dasafío, de rescate, de rabia, Slav rompió la puerta justo cuando unas risas y otro grito, esta vez sí de dolor, rasgaban el aire. La luz de las lámparas estaba amortiguada de una manera extraña, antinatural, pero a su escasa luz se podía ver. El espectáculo era digno de una obra de Dante: el cuerpo de Anne estaba rasgado en canal, pero no sangraba. Sus órganos latían y se convulsionaban, mientras la extremidad, era inútil llamarla "mano", de uno de los dos seres se hundía en su abdomen. El otro reía, envuelto en una aureola de oscuridad viva, sólida, móvil. Anne se apercibió de la entrada de Slav. "¡Slav! ¡Socorro!", gritó ella. La historia se repetía. La consciencia de Slav se enturbió. Un velo de color rojo cubrió su vista...
Cuando recobró el uso de sí mismo no recordaba nada. A su alrededor la habitación aparecía quemada. Dos montoncitos de polvo a sus pies y Anne de pie a su lado. Le sonrió, y ella no repondió. Slav intentó levantarse. Lo consiguió con dificultad, pues había algo sobre él. Lo apartó sin mirarlo y se dirigió hacia Anne. A abrazarla. Extendió sus brazos y sus manos sólo tocaron aire. Ella no se inmutó, aunque al cabo de unos instantes miró al suelo. Slav hizo lo mismo. Lo que había a sus pies era el cadáver desgarrado y medio quemado de Anne.

Slav lo mantuvo en secreto. Aprendió a comunicarse con el espectro de Anne. Ella no quería irse a donde quiera que se fueran los espíritus de los muertos. Parecía que estaba atada a él por algún tipo de vínculo. Bien. Slav quería pasar el resto de su existencia con Anne. Lo había conseguido.

Tiempo después, y ya habiendo alcanzado el Séptimo Círculo de Aprendiz, su Sire le mandó a Valladolid, España, donde una inteligente Ventrue llamada Eylo había conseguido expulsar al Sabbat. Se había convertido en Príncipe de la ciudad, y solicitaba la ayuda de la Camarilla para hacer frente a la multitud de enemigos que pululaban por la Península Ibérica. La respuesta fue enorme, y mutltitud de vampiros de la Camarilla partieron hacia allá. El Clan Tremere, siempre haciendo gala de oportunismo, envió a varios vampiros, entre los que se encontraba Slav.
Pronto se vio envuelto en multitud de responsabilidades, ya que la Condesa Eylo, Príncipe de Valladolid, no era una persona fácilmente... saciable. El ya no tan joven vampiro, gracias a sus enormes habilidades tanto en magia de la Sangre como por sus conocimientos, entró a formar parte de un ecléctico grupo de vampiros: Nicolai, un Gangrel ruso, arisco y poco hablador, con un oscuro secreto tras él; Esmesquio, un Malkavian mejicano con un diálogo demasiado inconexo para el gusto de Slav, y que además sufría de personalidad múltiple; Asim, un Seguidor de Set egipcio, huidizo y torpe, pero con un amplio conocimiento sobre la mística del mundo oscuro y multitud de contactos en el submundo; Judas Blanco, apodado "el Carnicero de Vallecas", un Brujah español, simple como el mecanismo de un sonajero pero rápido y contundente como un ariete; y Mike Romanov, un asesino Assamita, valga la redundancia, rumano de nacimiento, cuyo fanatismo se hacía soportable sólo porque era capaz de degollar con su afilado katar la cabeza de alguien al que una multitud se encontrara mirando fijamente sin que ninguno se diera cuenta. La misión del grupo: encontrar y eliminar cualquier amenaza para el gobierno de la Príncipe antes de que actuara contra ella.
Acabaron con Sabbats infiltrados, recuperaron artefactos de un pasado ignoto, destruyeron a un poderoso ser que dormía bajo la ciudad...

El momento más memorable de las aventuras de Slav tuvo lugar casi al final de su vida como PJ, cuando, persiguiendo a un esquivo y poderoso Ventrue Antitribu llamado en clave "Mussolini", acabaron traspasando un portal espacio-temporal que les llevó a un mundo paralelo. Un mundo más atrasado tecnológicamente que aquél del que provenían, un mundo lleno de seres extraños, con una lógica extraña y una apriencia aún más extraña.
Al llegar, Slav notó enseguida que su vínculo con el espectro de Anne había desaparecido. Por más que lo intentaba no conseguía ponerse en contacto con ella. Hasta que la encontró. Ella era una campesina, estaba viva, y en alquel momento estaba sufriendo el ataque de dos seres monstruosos con aspecto de troll de cuento de hadas. Slav, gracias a sus poderosas habilidades, acabó con los agresores de la muchacha en un estallido de energía oscura. Ella se arrojó a sus brazos, agradecida, aunque no le reconoció por quien era.
Después de luchar contra un ejército de temibles montruos, comandados por un desconocido ser, que querían destruír el pacífico reino al que Slav y sus compañeros habían llegado, los vampiros fueron colmados de honores y riquezas. Slav era feliz por primera vez en su no-vida: había encontrado a Anne. Pero un día ella desapareció. El mago de la corte, un chiflado que respondía al estrambótico apelativo de "Mago Guay", cuando se acordaba de su nombre, consultó los astros y, entre sus enigmáticas palabras, los compañeros descubrieron que la amenaza al reino no había acabado, y que el ser que dirigía esa amenaza era quien había raptado a Anne.
Después de muchas tribulaciones, llegaron al castillo de ese extraño comandante.
Allí se encontraron con su Archienemigo: Mussolini. Les estaba esperando, con una siniestra sonrisa en su cara. Slav perdió la cabeza, entró en un cuasi-Frenesí e, invocando las oscuras energías de la Taumaturgia en una larga y fina hoja liviana cual pluma de cuervo, extendiendo unas alas negras tras sus hombros, corrió a su encuentro, separándose peligrosamente de sus compañeros.
Mussolini le fue guiando en su huída, hasta que Slav acabó encerrado en una enorme habitación de piedra con una puerta de metal rojizo cerrada. En esa habitación estaba Anne. Vestida con armadura y una espada brillante en la mano. La sorpresa y el alivio casi hacen que Slav dejara de existir, pues Anne, con los ojos en blanco y poseída por el Ventrue Antitribu, le asestó un mandoble que casi no pudo esquivar. Lo intentó de mil maneras: intentando Dominarla, encerrándola en una prisión de energía, Ofuscándose, sujetándola con Telekinesis, sobrevolándola y esquivándola para llegar hasta la puerta...
Nada sirvió. Con lágrimas en sus muertos ojos, Slav la mató, espada negra contra espada blanca, en un duelo breve pero intenso. Justo cuando la negra hoja de Slav traspasaba el corazón de Anne, ella volvió en sí. Le dijo que le perdonaba y que nunca dejaría de amarle.
Cubierto por la sangre de ella, dejó la espada negra sobre el cuerpo de su amada. Furioso, desintegró la puerta que le cerraba el paso con una sola palabra. Allí estaba Mussolini, con una mueca de satisfacción en la cara. Con ella alcanzó la Muerte Verdadera. Slav no le dio oportunidad y se ensañó con él. Sin arma en la mano, el Tremere invocó otra. Una espada hecha de energía pura, negra como el vacío, radiante como una nova, ligera como una pluma, pesada como diez mil mundos, larga como la Realidad entera, corta como el espacio entre las partículas del átomo. Real e irreal a la vez. Una discontinuidad convertida en arma.
Sus compañeros le encontraron rodeado de trozos del cadáver de su enemigo, cubierto por la sangre de Anne. Llorando. Lo más emotivo fue que Nicolai, el Gangrel, que no se llevaba bien con ninguno del grupo, le puso la mano en el hombro y le miró, comprendiendo realmente su sufrimiento.

Slav se convirtió en PNJ poco después. Entre mi vida en Salamanca y las ocupaciones de mis amigos, no volvimos a jugar la estupenda partida que dirigía Danonino. En la capital charrolandina comencé a dirigir otra partida de Vampiro: La Mascarada a Jezabel y a otros. En esa partida aparecía Slav, como Regente de la Capilla de Salamanca. Frío, preciso, con una soberbia del tamaño de su ego (ya considerable) y un trato distante, casi como si no le importara en absoluto lo que le rodeaba. Espero que ahora comprendáis el porqué.

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PJs de mi vida: Slav von Strangerssen (I)

  • Juego: Vampiro: La Mascarada.
  • Clan: Tremere.
  • Edad real: 90 años.
  • Edad aparente: 25 años.
  • Nacionalidad: alemana.
  • Concepto: médico, filólogo y místico.
  • Descripción: 1'60 m de altura, delgaducho, con el pelo moreno largo y suelto, ojos grises tras unas pequeñas gafas y gesto permanente de superioridad. Viste pantalón y jersey oscuros, sencillos. El único adorno visible que lleva es un colgante de plata con el símbolo de su Clan y su graduación de Regente del Primer Círculo.
Slav nació a principios del siglo XX en Bonn, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un médico de gran renombre, y, tal y como se estilaba entonces, su hijo tambén tuvo que seguir la tradición familiar. Aún así, la gran pasión de Slav, ya desde pequeño, eran los lugares lejanos. Se quedaba totalmente fascinado con los antiguos mapas que había en la biblioteca de su casa. Pasaba las horas mirando los países, sus nombres, su geografía, hasta tal punto que su padre tuvo que ordenarles a los sirvientes que cerraran la habitación con llave para que el pequeño no entrara. De mayor su pasión no disminuyó, y tuvo amargas discusiones con su familia, pues el deseaba estudiar idiomas y viajar por el mundo. Al final las órdenes del padre fueron terminantes: o estudiaba medicina o estudiaba medicina. Pero Slav tenía una mente brillante, así que mientras se graduaba en la mejor universidad alemana, por las tardes aprendía por sí solo diversos idiomas: latín, griego, inglés, francés, chino... Todo le valía.
Poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, Hitler y el partido NAZI llegaron al poder. La familia von Strangerssen era una familia rica, por lo que no se les tocó demasiado. Tal vez algún donativo al partido y cosas así. Pero ésa también fue la época en que la madre de Slav, el único punto de estabilidad en la inflexible vida de la familia, murió de una enfermedad incurable a la que el padre no pudo hacer frente.
Ésta no fue la única tragedia en la familia.
Slav tenía una hermana, Madeleine, muy querida para él y en la que la familia tenía puesta grandes espectativas. Ella solía salir, acompañada por supuesto por un par de sirvientes, a "hacer visitas" de sociedad. Una noche no llegó a casa. La familia nunca supo el porqué. Slav nunca se lo dijo.
El joven Slav volvía de pasar la tarde en la biblioteca de la Universidad de Bonn. Estaba bastante excitado, puesto que había encontrdo una serie de manuscritos muy antiguos en una zona reservada de la biblioteca. Manuscritos realmente muy antiguos. Él pensaba que eran babilonios, pero no estaba del todo seguro. El conservador de la bilbioteca, que se daba aires de místico, le había puesto en contacto con un "mago" de una extraña Logia. A la noche siguiente tendrían su primera cita y...
...los gritos provenían del callejón de al lado. Slav entró, curioso. Ante sus ojos vio cómo un joven soldado intentaba abusar de una muchacha. No era de su incumbencia, por lo que el joven médico decidió volver a la calle principal y olvidar el asunto. Pero entonces la muchacha gritó otra vez: "¡Slav! ¡Socorro!". Se dio la vuelta. La muchacha era su hermana. El soldado le miró y sonrió. Golpeó a Madeleine, dejándola inconsciente, y fue a por Slav. Sacó su pistola y, apuntándole, le indicó que se acercara. El joven no tuvo más remedio que obedecerle. En un movimiento rápido, el soldado le redujo, golpeándole con la culata del arma...
Cuando despertó, se encontraba en el suelo, junto al cadáver semidesnudo y ensangrentado de su hermana.

Pasaron varios meses. Las muertes de las mujeres de la familia habían afectado mucho la relación entre padre e hijo, que prácticamente ni se saludaban al verse por lo amplios pasillos de la mansión von Strangerssen.
Slav continuó con sus investigaciones, compatibilizándolas con su trabajo en un importante hospital de la ciudad. Mientras por el día sanaba enfermos, por las noches visitaba al anciano místico con el que había contactado tiempo atrás. Éste le introdujo en la numerología, la astrología, las reglas formuláicas de la magia y más aún.
A pesar de eso, la vida de Slav no estaba vacía de relaciones. Conoció a una joven en la Universidad. Se llamaba Anne y era preciosa, inteligente, divertida... Era su único contacto humano. Ella quería que se casaran, que abandonara la casa de su padre. Él lo posponía una y otra vez: su trabajo, sus investigaciones... Ella no se rendía y él casi estuvo a punto de ceder. Incluso llegaron a prometerse matrimonio. La amaba mucho, pero...
El joven pasaba cada vez menos tiempo en su casa, gastando el tiempo entre sus estudios con el místico, su trabajo en el hospital y Anne. Llegó un momento en que ni siquiera volvió.
El místico era Wilhelm Heimer. Había nacido en el siglo XVIII. Había sido Mago. Ahora era un Brujo, un Tremere, un vampiro.
Se le dio por desaparecido. La Policía le buscó. Su padre se arruinó, vendiendo todas sus posesiones, contratando detectives, usando sus influencias. Anne se desesperó, buscando consuelo en la bebida y en amantes, pese a no conseguir olvidar a su prometido. Nunca se supo más de él.

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PJs de mi vida: Hoke n'Bab

  • Juego: La Guerra de las Galaxias, el Juego de Rol.
  • Raza: noghri.
  • Edad: 29 años estándar.
  • Concepto: ex-comando de la muerte.
  • Decripción: 1'20 metros de altura, piel gris acero, sin pelo, ojos muy grandes y oscuros, olfato y oído extremadamente sensibles, mandíbula prominente repleta de afilados dientes, garras retráctiles, ágil y silencioso cual ninja. Una imagen de pesadilla. El perfecto depredador.
Hoke n'Bab, del clan Thaknoor, comenzó su existencia como cualquier noghri: reverenciando a Darth Vader por haber salvado su primitivo planeta de un desastre ecológico provocado por una batalla estelar durante las Guerras Clon. Como agradecimiento, todos los jóvenes noghris, varones y hembras, se alistan bajo su mando como asesinos profesionales. Cuando el Imperio quiere que una misión de infiltración, sabotaje, secuestro o asesinato salga bien, siempre envía a los Comandos de la Muerte noghris. Su existencia es Alto Secreto. Nadie les ve, nadie les oye. Nunca fallan.
Hoke n'Bab era un idealista. El concepto del honor en su pueblo está a la altura de seres como los wookies o los togorianos, así que sus servicios como asesinos sólo eran una forma de pagar los arreglos ambientales que el Imperio estaba llevando a cabo en Honoghr. Pero Hoke n'Bab iba más allá. Creía firmemente en los ideales del Nuevo Orden del Emperador Palpatine. Casi se le podía considerar un fanático imperial. Sus logros hicieron que escalara en la jerarquía de tan mortal regimiento con una velocidad pasmosa. Eso fue su perdición.
Cuando consiguió capitanear el mejor de todos los grupos de comandos, el Escuadrón Susurro, se encontró con que podía manejar gran cantidad de información (para un noghri) de alto nivel. Las habilidades de su escuadrón, centradas sobre todo en infiltración y sabotaje de grupos rebeldes muy esquivos, hacián que siempre fuesen de los priemrso por los que pasaba la información. casi nunca le hacían caso: su misión no era leer, sino matar. Pero he aquí que durante una misión llegó a las manos de Hoke n'Bab un disco "rescatado" a un infiltardo rebelde procedente del Alto Mando del Ubictorado Imperial: algo que cambiaría radicalmente su concepción del universo. El Imperio no sólo no estaba arreglando la devastada superficie de Honoghr, sino que continuaba envenenándola para asegurarse el servicio continuo de las mejores máquinas de matar de la galaxia. Estupefacto, comprobó las reseñas de la entrada de datos. Al verificar la información su furia no conoció límites. Pero cuando un noghri se enfurece, su comportamiento se vuelve glacial y calculador. Sabía que nadie de su pueblo le creería, ya que el noghri medio no entendía de tecnología más allá del pulimento de la piedra para hacer armas. Él sabía, pero no se lo podía decir a nadie. Tomó una decisión que fue meditada durante casi un año.
Asesinó a todos los integrantes de su escuadrón y huyó.
Sabía más de la todavía clandestina y recién nacida Alianza Rebelde que cualquier otro ciudadano imperial, incluso que muchos de los mandos medios de la Armada o hasta del Ubictorado. Por lo tanto sabía dónde era probable encontrar a los jefes de la Rebelión. Para acercarse a ellos frustró un asesinato contra Freya Dalmain, una estratega septuagenaria que se ganó la fama durante la caída de la Antigua República, y que ahora había puesto su mente al servicio de la Alianza.
Ahí comenzó su vida como delincuente. Un idealista con una nueva bandera que defender. Después de demostrar sus habilidades, entró a formar parte de un ecléctico grupo especializado en misiones suicidas. Sus compañeros eran: Roargroath, un guerrero wookie con una increíble pericia en el manejo de las armas; Lukas Malvine, un humano de mediana edad con una gran experiencia en el pilotaje de naves estelares; y Rueko, un ladino twi'lek capaz de encontrar cualquier cosa necesaria en el sitio más inimaginable posible.
Los éxitos de su grupo pronto les hizo famosos dentro de la Rebelión. En una de las muchas misiones que desempeñaron, Hoke n'Bab encontró una piedra con una inscripción. A su grupo se le había pasado por alto, pero a él le llamó. Sólo se puede expresar de esa manera. Al tocarla, algo en su consciencia se inflamó. Sus sentidos se expandieron si cabe aún más, y percibió algo que después explicó como "un campo de consciencia global". Hoke n'Bab poseía una fuerte conexión con la Fuerza, y sus sentidos se habían despertado.
Nunca fue un buen Jedi. La ira que sentía hacia el Imperio atraía su alma mientras su honor tiraba de él hacia el otro lado. Nunca encontró a nadie que le enseñara. Fue un completo autodidacta. Leyó viejas leyendas e investigó el pasado de la Orden Jedi mientras estaba entre misiones. Cuando consiguió construir su primer sable de luz operativo, pues hubo varios fracasos -en uno de los cuales estuvo a punto de perder el brazo derecho-, su eficiencia se triplicó. Fue condecorado una y otra vez. la confianza que Freya Dalmain tenía en él no hacía más que aumentar.
Pero su alma estaba desgarrada en dos. Quería creer en el Código Jedi, pero su experiencia vital se lo impedía. Cuando la Luz y la Oscuridad tiran de ti con igual fuerza tu consciencia se desequilibra. Así que huyó de nuevo, pero esta vez buscando algo que le permitiera estar en paz consigo mismo y con el universo. Lo encontró. O casi.
Existió hace unos miles de años un joven Jedi llamado Baadu que fue perseguido por la Orden Jedi durante las Guerras Sith. Y no porque se pasara al lado oscuro, sino porque su ira rivalizaba con su amor por la humanidad. Sus creencias heréticas en que podía existir un equilibrio entre la Luz y la Oscuridad le valieron un juicio y un castigo: el exilio. Aún así, sus creencias no murieron con él, sino que fueron registradas por él mismo antes de su muerte, encontradas de nuevo y vueltas a sepultar. Hoke n'Bab encontró su tumba. Habló con el espíritu de Baadu. Aprendió a caminar por la línea divisoria entre el Bien y el Mal.
Pero hay un pago: la locura. Su consciencia estaba partida en dos. Se volvió reservado y arisco, aunque todavía digno de confianza. Y con una meta en su vida: acabar con el Imperio y traer de vuelta el Equilibrio.

Hoke n'Bab continúa su vida como PNJ. Todavía sirve a las órdenes de Freya Dalmain en la base rebelde de Kor Dranak, un cinturón de asteroides anodino en un sistema solar sin nombre propio perdido en el Borde Exterior. En ocasiones ha ayudado a grupos de PJs, sobre todo cuando se requería una potencia ofensiva superior a la normal, o los pasos de los jugadores les encaminaban hacia misiones de carácter místico. Todos con los que ha estado opinan lo mismo: es muy eficiente, pero pierde con frecuencia la paciencia y no hay quien aguante más de dos segundos su errática mirada. Hay quien le ha visto rebanar escuadrones enteros de Soldados de Asalto por mera diversión. Hay quien asegura haber presenciado cómo rescataba a un anciano obrero de una muerte segura en la explosión de una fábrica de androides asesinos. Hay quien le ha buscado para que le instruyera en los caminos de la Fuerza, pero Hoke n'Bab siempre les disuade. No quiere que nadie pase por lo que está pasando.
Hoke n'Bab está loco. Y lo sabe.

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