Es curioso lo que le hace a una persona la cronicidad, sea lo que sea a lo que se refiera. Un comportamiento repetitivo, un ritual exagerado o cualquier otra cosa, desde volverse adicto al tabaco a no poder soportar ni una mota de suciedad, pasando por ser excesivamente sonriente y complaciente. Todo este tipo de sucesos y/o comportamientos, cuando se cronifican, se vuelven totalmente insanos tanto para el propio individuo como para los que le rodean.
Uno de estos sucesos es la sensación de dolor.
Después de meses y meses de esperar pruebas, citas médicas y demás, este martes quedó confirmado el diagnóstico de mi rodilla. Tengo un
osteoma osteoide, pero no en la propia articulación de la rodilla, sino en la epífisis de la tibia. Parece que el lugar es extremadamente raro (de hecho, el traumatólogo exclamó un
"ahí está el hijo de puta" muy poco profesional) para que salga un tumor, por muy benigno que sea. Pero bueno, por lo menos ya lo tienen localizado y, según parece, pronto me operarán para quitármelo.
Doy gracias por ello, la verdad.
Porque durante estos meses de dolor casi constante, aunque cuya aparición era bastante aleatoria (por lo menos al principio), se me ha ido agriando mucho el carácter. Pero mucho. He pasado de tomarme las adversidades y molestias con estoicismo y casi con optimismo a no aguantar una mierda, a tener la mecha extraordinariamente corta. Todo me molesta, sobre todo cuando llega el momento en que termina el efecto de la medicación. Pasarme casi un año a base de tener que tomar ibuprofeno, que es un vasoconstrictor por efecto secundario, tampoco es que me permita muchas... satisfacciones. Ni mías ni de mi pareja, se entiende.
Los que me conocen de antes de mi dolor de rodilla me lo han dicho: tío, te has vuelto casi inaguantable. Y es que es verdad. Hay veces en que me doy cuenta, y entonces o me controlo o me disculpo inmediatamente, pero hay otras (las más) en que no. Soy muy buen juez de los comportamientos y caracteres ajenos (y sin echarme flores. Es que es verdad: he desarrollado mucho mi empatía y mi capacidad de análisis de los demás), pero esa habilidad disminuye cuando me analizo a mí mismo. Nadie es un buen juez de sí mismo, pero cuando me llega el dolor la irracionalidad de mis comportamientos desaparece de mi vista para parecerme lo más normal del mundo. Y esto es mucho peor con mis íntimos, sobre todo mi querida Oscura Majestad, ya que es a ellos a quienes menos soporto las tonterías. También es verdad que ellos lo entienden y lo soportan, pese a que me merezco que me manden a freír espárragos, y cuanto más lejos me vaya para ello pues mejor.
Los que me han conocido después... bueno, es evidente que no saben cómo era yo antes de que el dolor se volviera algo crónico. Es algo que comprendo perfectamente y que, si me viera en su lugar, compartiría.
No es que mi mal comportamiento casi continuo durante estos meses, acrecentado en ocasiones debido a otras consideraciones que ahora no vienen a cuento, sea excusable. Tratar mal a los que te rodean no está bien y punto. Pero, por lo menos sé que tiene una causa fisiológica y no es que me haya vuelto imbécil por arte de magia.
Quería escribir esto como una especie de loa a aquellos amigos/as a los que llevo por el camino de la amargura (porque hay que ser muy buen amigo para aguantarme durante todos estos meses). Sobre todo, como una manera de darle las gracias a Jez, que es más que una novia para mí. Porque aunque me duela lo que me diga, no le falta razón, y eso, aunque parezca contradictorio, me alegra.
Dentro de poco "me arreglarán" y el dolor crónico desaparecerá. Y, con su desaparición, volverá el Radagast de siempre. Mientras tanto, intentaré controlarme. Es lo menos que les debo a quienes me rodean.
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